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miércoles, enero 23, 2008

Aquí

Aquí

Huellas en la estraza


Yo había rentado una camioneta en aquélla última ciudad. Él y yo planeábamos descubrir aquélla otra ciudad... la perdida, la que no se encontraba en el mapa... moderno.

¿Cómo había llegado a mí aquél otro mapa? Eso era un misterio: una noche había una tormenta eléctrica, me encontraba en la reducida biblioteca de mi cuarto y quería saber qué ruta debía tomar cuando algún día hiciera mi tour asiático (después del tour-mochilazo sudamericano). Abrí mi Atlas y cayó un pedazo de papel estraza. El papel era de alrededor de 15 x 15 cms., rasgado y con manchas muy viejas de grasa. Era un boceto a pluma negra. ¿De quién había sido? No lo sé. Había comprado ese Atlas por $5 en una rebaja de “El Tomo Suelto”, librería de viejo en la calle de Donceles. Después de que el papel estraza cayó, vi que tenía el número 24 en un círculo. Los mapas estaban numerados, el 24 era un acercamiento a la región de los Tuxtlas, la selva Olmeca, en Veracruz.

Tres años después, habíamos salido de Puebla a las 6:30 de la mañana en el coche de su padre. Al llegar a Orizaba, poco tiempo después, nos estacionamos y rentamos esta camioneta. La suspensión debía ser mayor, a donde íbamos, sin una buena suspensión, no sobreviviríamos.

El boceto, un intento de mapa topográfico a muy alto nivel, marcaba la ubicación aproximada de una ciudad. El nombre de la ciudad, que llamaremos “J”, estaba escrito a un lado. “J”. Nunca la había oído. En los Tuxtlas, en la zona Olmeca, en la zona de la cultura madre.

Él había manejado de Orizaba a Catemaco unas cuatro horas y media. Después, en medio de una llovizna, nos hospedábamos, cenábamos y después de eso, descansábamos: al día siguiente nos enfrentaríamos a la selva.

Los Olmecas no habían hecho construcciones perdurables. Sus ciudades, sus asentamientos no contaban con pirámides u observatorios imponentes como alguna vez vi en Chichén-Itzá o Palenque. Se sabía que había habido un asentamiento en, por ejemplo, las tan afamadas La Venta, San Lorenzo y Tres Zapotes, por las cabezas colosales talladas en piedra y por estelas y otros artículos; no por construcciones para un centro ceremonial que pudiera perdurar. Entonces, ¿qué era esta ciudad?

Catemaco es hermosa al amanecer: la laguna se ilumina y la imagen de las aves cantando y volando sobre los reflejos será inolvidable... aún después de la muerte. El rumbo de la estrecha carretera que tomamos es y será secreto. La selva estaba viva, cantaba, era verde, roja y amarilla. Hermosa. La lluvia comenzó a refrescar cada hoja, a refrescarme a mí, tomando fotos y tratando de indicar rumbos en el vago mapa; y lo refrescaba a él, cuyo camino se hacía cada vez más difícil con los encharcamientos y los vados. Muy cansado, con los cinco sentidos atentos. Yo intentaba aligerar la repentina tensión cantando Old McDonald had a farm.

Los Olmecas desaparecieron sin laguna razón documentada. ¿Y si esta ciudad guardara el secreto de su desaparición? Pero, ¿cómo?

Después del medio día llegamos a un poblado, pequeño, que estaba marcado en el mapa. Íbamos bien, todavía no nos habíamos perdido. No había ningún establecimiento donde comer. Llegamos a una casa y ofrecimos pagar por una comida. Los aldeanos eran callados y nos observaban con recelo. Vestían humildemente y tenían unas cuantas gallinas y un guajolote... y eran de raza negra.. Intentamos preguntar si conocían en nombre de “J”, pero no obtuvimos respuesta alguna... tan sólo un cruce de miradas, entre ellos. Se hacía tarde, debíamos continuar... hasta donde se pudiera. La lluvia era más fuerte.

No había nada documentado, Los investigadores y arqueólogos respondían a los mails explicando las suposiciones que tenían acerca de la desaparición de “J”. Nadie había oído jamás de “J” y nadie creyó que habláramos en serio cuando decíamos que teníamos un mapa.

Al subir de nuevo a la camioneta, un niño se acercó. Me preguntó cómo era la ciudad. Le dije que mi ciudad era enorme, con grandes construcciones verticales, con mucha gente y con mucho ruido. Me dijo: “Así es ella”, me dio una figurilla de un jaguar hecho de jade y señaló un punto muy lato envuelto de rocas y árboles. Dio media vuelta y se fue.

¿Y si en realidad los olmecas se habían aislado a través de barreras naturales? No habrían desaparecido, simplemente se habrían ocultado. Tal vez siempre habían estado ahí, ocultos, protegidos por la selva.

Cada vez que ascendíamos por la pequeña vereda, la lluvia disminuía. Al llegar al punto señalado por el niño, el mirador, estábamos exhaustos. Desde ese punto se veía todo el terreno, era un punto privilegiado. Y ahí, en medio de la selva, en medio del verde, sobresalía una pequeña punta trunca de piedra. Se veía pequeña, pero estábamos seguros que no lo era. Esa era “J” y esa punta era una pirámide ceremonial.

¿Y si en realidad no se ocultaban sino que vivían en un plano paralelo? Tal vez habrían encontrado la manera de coexistir en una dimensión alterna donde no se vieran afectados por los acontecimientos en los otros planos, en nuestro plano.

Tomé el papel estraza, lo giré y encontré el camino a seguir. Regresamos a la camioneta. Él estaba exhausto; horas y horas de manejo... Pero necesitábamos llegar ahí. Tomé el volante y ya estaba chispeando de nuevo. Se fue la luz del día y el camino era cada vez más difícil. La neblina. Él me daba instrucciones, me señalaba el camino. La lluvia crecía y los sonidos de los animales de la selva eran cada vez más intensos. La lluvia era más fuerte, ya no veía nada. Decidí parar, decidí que pasáramos ahí la noche, rodeados de animales y sonidos. Y justo en ese momento, pasando una pequeña colina, se veía un poblado. No era un poblado, era “J”.

Nos miramos. Encendí el motor, aceleré, aceleré y aceleré. De repente de cada lado del camino la lluvia y el agua acumulada en la selva se juntaron de tal manera que formaron una enorme barrera de agua de metros y metros de altura. Yo seguí acelerando sin pensar, hasta toparnos con la enorme pared de agua. Creí que la cruzábamos, que el agua que en cuestión de segundos fue rodeando la camioneta y que en otro segundo estaba dentro, acabaría cruzando la barrera. El agua entró y fue subiendo rápidamente hasta alcanzar nuestros cuellos y después nuestras bocas. Intenté abrir las puertas, pero no cedieron. Intenté bajar los vidrios y no pude. Yo lo miré y le pedí perdón con esa mirada un momento antes de buscar con la nariz el último espacio libre de agua. Después, el líquido entró por mi nariz, vi unos ojos de felino y todo se nubló.

La camioneta fue encontrada tiempo después cerca del poblado del niño y lo único que se halló dentro fue un pedazo de papel estraza, seco, pero con esas antiguas manchas de grasa, Y por supuesto, mis huellas digitales y las de él, y las de quién sabe quién más.

Y nosotros ahora estamos Aquí.

18 Enero 2008 12:45 AM

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