El pueblo sin nombres y Twain
Había un pueblo que estaba en disputa continua; sus habitantes habían sido colocados en aquel lugar y no se les había indicado nada más: no sabían quiénes eran, ni qué hacían ahí.
Un día, Mark Twain pasaba por ahí, y se le acercó un hombre del pueblo, era un hombre bajito.
“Señor Twain, necesitamos su ayuda. Este pueblo terminará en un desastre si seguimos así, nadie sabe quién es, ni tiene misión, no hay orden….”
A lo que Twain respondió. “Hombre, haz llamar a todo el pueblo a la plaza principal”.
Unas horas después, todo el pueblo estaba reunido en la plaza. Mark hizo pasar uno a uno frente a él, y les asignó un nombre.
Después de unas horas, todos en el pueblo tenían un nombre, y Mark, satisfecho, se disponía a seguir su camino, pero el hombre bajito lo detuvo.
“Señor Twain, ahora tenemos nombre, pero no tenemos oficio, no sabemos qué hacer”.
A lo que Mark respondió. “Ya he asignado el oficio de cada quien conforme a su nombre. Un nombre contiene todo lo que un individuo necesita para ser individuo”.Etiquetas: narraciones, sueños
El Tabaquillo de Humboldt
Alexander von Humboldt se encontraba postrado en su tienda después de su habitual exploración del día. Era 1804, y estaba a punto de terminar su campaña de exploración por México que, un poco después, daría origen a una serie de publicaciones, que a su vez, darían origen a la Geografía moderna.
Humboldt tenía un fuerte malestar estomacal, al parecer, a pesar de que ya llevaba largo tiempo en aquellas tierras, la comida local le había hecho daño.
A la mañana siguiente, Humboldt no había mejorado, por lo que llamó a los médicos que viajaban con él, quienes a lo largo de los siguientes tres días intentaron calmar los fuertes dolores que Humboldt presentaba.
Los dolores no cesaban. Al cabo de otro par de días, no sólo los doctores estaban preocupados, también el resto de los exploradores: la expedición estaba en peligro si su cabeza, Humboldt, no se recuperaba.
Después de otro par de días, entre sueños, Humboldt recordó sus registros de botánica: hacía un par de meses una mujer indígena le había regalado un puñado de ramas que ellos llamaban “tabaquillo”, y que, le había asegurado, había curado el malestar estomacal por generaciones. Humboldt sólo la había registrado, pero no se había determinado ni su nombre, ni su uso científico comprobado, que haría unos años después.
Pero tras años de vivir en aquellas tierras, Humboldt había empezado a confiar en la sabiduría indígena local y ancestral, y en la relación de aquellos pueblos con su tierra… a fin de cuentas, esa era la misión de su Geografía Causal. Buscó entre sus registros, y encontró la muestra seca de tabaquillo.
A la mañana siguiente ya había salido una expedición en busca de “tabaquillo”, que regresó con una gran cantidad de la misma. Humboldt se preparó un té, y después de un par de días, ya había reemprendido la expedición. El “tabaquillo” no sólo permitió calmar los malestares de los expedicionarios en los meses siguientes, sino que también se le agradece la existencia de la Geografía moderna.Etiquetas: narraciones, sueños
Aquí
Aquí
Huellas en la estraza
Yo había rentado una camioneta en aquélla última ciudad. Él y yo planeábamos descubrir aquélla otra ciudad... la perdida, la que no se encontraba en el mapa... moderno.
¿Cómo había llegado a mí aquél otro mapa? Eso era un misterio: una noche había una tormenta eléctrica, me encontraba en la reducida biblioteca de mi cuarto y quería saber qué ruta debía tomar cuando algún día hiciera mi tour asiático (después del tour-mochilazo sudamericano). Abrí mi Atlas y cayó un pedazo de papel estraza. El papel era de alrededor de 15 x 15 cms., rasgado y con manchas muy viejas de grasa. Era un boceto a pluma negra. ¿De quién había sido? No lo sé. Había comprado ese Atlas por $5 en una rebaja de “El Tomo Suelto”, librería de viejo en la calle de Donceles. Después de que el papel estraza cayó, vi que tenía el número 24 en un círculo. Los mapas estaban numerados, el 24 era un acercamiento a la región de los Tuxtlas, la selva Olmeca, en Veracruz.
Tres años después, habíamos salido de Puebla a las 6:30 de la mañana en el coche de su padre. Al llegar a Orizaba, poco tiempo después, nos estacionamos y rentamos esta camioneta. La suspensión debía ser mayor, a donde íbamos, sin una buena suspensión, no sobreviviríamos.
El boceto, un intento de mapa topográfico a muy alto nivel, marcaba la ubicación aproximada de una ciudad. El nombre de la ciudad, que llamaremos “J”, estaba escrito a un lado. “J”. Nunca la había oído. En los Tuxtlas, en la zona Olmeca, en la zona de la cultura madre.
Él había manejado de Orizaba a Catemaco unas cuatro horas y media. Después, en medio de una llovizna, nos hospedábamos, cenábamos y después de eso, descansábamos: al día siguiente nos enfrentaríamos a la selva.
Los Olmecas no habían hecho construcciones perdurables. Sus ciudades, sus asentamientos no contaban con pirámides u observatorios imponentes como alguna vez vi en Chichén-Itzá o Palenque. Se sabía que había habido un asentamiento en, por ejemplo, las tan afamadas La Venta, San Lorenzo y Tres Zapotes, por las cabezas colosales talladas en piedra y por estelas y otros artículos; no por construcciones para un centro ceremonial que pudiera perdurar. Entonces, ¿qué era esta ciudad?
Catemaco es hermosa al amanecer: la laguna se ilumina y la imagen de las aves cantando y volando sobre los reflejos será inolvidable... aún después de la muerte. El rumbo de la estrecha carretera que tomamos es y será secreto. La selva estaba viva, cantaba, era verde, roja y amarilla. Hermosa. La lluvia comenzó a refrescar cada hoja, a refrescarme a mí, tomando fotos y tratando de indicar rumbos en el vago mapa; y lo refrescaba a él, cuyo camino se hacía cada vez más difícil con los encharcamientos y los vados. Muy cansado, con los cinco sentidos atentos. Yo intentaba aligerar la repentina tensión cantando Old McDonald had a farm.
Los Olmecas desaparecieron sin laguna razón documentada. ¿Y si esta ciudad guardara el secreto de su desaparición? Pero, ¿cómo?
Después del medio día llegamos a un poblado, pequeño, que estaba marcado en el mapa. Íbamos bien, todavía no nos habíamos perdido. No había ningún establecimiento donde comer. Llegamos a una casa y ofrecimos pagar por una comida. Los aldeanos eran callados y nos observaban con recelo. Vestían humildemente y tenían unas cuantas gallinas y un guajolote... y eran de raza negra.. Intentamos preguntar si conocían en nombre de “J”, pero no obtuvimos respuesta alguna... tan sólo un cruce de miradas, entre ellos. Se hacía tarde, debíamos continuar... hasta donde se pudiera. La lluvia era más fuerte.
No había nada documentado, Los investigadores y arqueólogos respondían a los mails explicando las suposiciones que tenían acerca de la desaparición de “J”. Nadie había oído jamás de “J” y nadie creyó que habláramos en serio cuando decíamos que teníamos un mapa.
Al subir de nuevo a la camioneta, un niño se acercó. Me preguntó cómo era la ciudad. Le dije que mi ciudad era enorme, con grandes construcciones verticales, con mucha gente y con mucho ruido. Me dijo: “Así es ella”, me dio una figurilla de un jaguar hecho de jade y señaló un punto muy lato envuelto de rocas y árboles. Dio media vuelta y se fue.
¿Y si en realidad los olmecas se habían aislado a través de barreras naturales? No habrían desaparecido, simplemente se habrían ocultado. Tal vez siempre habían estado ahí, ocultos, protegidos por la selva.
Cada vez que ascendíamos por la pequeña vereda, la lluvia disminuía. Al llegar al punto señalado por el niño, el mirador, estábamos exhaustos. Desde ese punto se veía todo el terreno, era un punto privilegiado. Y ahí, en medio de la selva, en medio del verde, sobresalía una pequeña punta trunca de piedra. Se veía pequeña, pero estábamos seguros que no lo era. Esa era “J” y esa punta era una pirámide ceremonial.
¿Y si en realidad no se ocultaban sino que vivían en un plano paralelo? Tal vez habrían encontrado la manera de coexistir en una dimensión alterna donde no se vieran afectados por los acontecimientos en los otros planos, en nuestro plano.
Tomé el papel estraza, lo giré y encontré el camino a seguir. Regresamos a la camioneta. Él estaba exhausto; horas y horas de manejo... Pero necesitábamos llegar ahí. Tomé el volante y ya estaba chispeando de nuevo. Se fue la luz del día y el camino era cada vez más difícil. La neblina. Él me daba instrucciones, me señalaba el camino. La lluvia crecía y los sonidos de los animales de la selva eran cada vez más intensos. La lluvia era más fuerte, ya no veía nada. Decidí parar, decidí que pasáramos ahí la noche, rodeados de animales y sonidos. Y justo en ese momento, pasando una pequeña colina, se veía un poblado. No era un poblado, era “J”.
Nos miramos. Encendí el motor, aceleré, aceleré y aceleré. De repente de cada lado del camino la lluvia y el agua acumulada en la selva se juntaron de tal manera que formaron una enorme barrera de agua de metros y metros de altura. Yo seguí acelerando sin pensar, hasta toparnos con la enorme pared de agua. Creí que la cruzábamos, que el agua que en cuestión de segundos fue rodeando la camioneta y que en otro segundo estaba dentro, acabaría cruzando la barrera. El agua entró y fue subiendo rápidamente hasta alcanzar nuestros cuellos y después nuestras bocas. Intenté abrir las puertas, pero no cedieron. Intenté bajar los vidrios y no pude. Yo lo miré y le pedí perdón con esa mirada un momento antes de buscar con la nariz el último espacio libre de agua. Después, el líquido entró por mi nariz, vi unos ojos de felino y todo se nubló.
La camioneta fue encontrada tiempo después cerca del poblado del niño y lo único que se halló dentro fue un pedazo de papel estraza, seco, pero con esas antiguas manchas de grasa, Y por supuesto, mis huellas digitales y las de él, y las de quién sabe quién más.
Y nosotros ahora estamos Aquí.
18 Enero 2008 12:45 AM
Etiquetas: México, miradas, muerte, narraciones, viajes
Transportaciones y transformaciones
Hace dos noches estábamos en Barcelona. Entrábamos a una Iglesia con retablos antiguos y polvosos. Escuchábamos la explicación y yo me fugaba para descubrir lo que creía era un misterio: más allá de los lugares permitidos a los turistas, más allá de donde llegaba la luz del sol, existía un libro que te transportaba... o tal vez alucinabas, o ... ese era el misterio, cuando lo leías.
Yo solo leí las primeras líneas y aparecí afuera de la Iglesia, donde él me esperaba, en una tarde soleada donde las palomas volaban a contraluz y yo necesitaba desesperadamente una coca cola para aguantar el camino a Sevilla.
++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Esta noche él y yo nos habíamos casado, por el civil y a escondidas.
Y no, no era Barcelona, ni Sevilla, era una guarida secreta que yo había decorado en las paredes con pinturas y frases; en un primer piso del que salías usando una resbaladilla.
+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Y hoy, de día, es cumpleaños de mi hermano, llega a una veintena. Si seguimos la gramática se transforma y deja de ser adolescente. Y también, sin ninguna razón lógica, se cumplen cuatro años de esa mañana triste donde él -que no es el él de Barcelona ni de la guarida-, nos dejó y yo me transporté a otro mundo sin leer ningún libro, sin bajar de una resbaladilla: simplemente amanecí en otro lado, en otras circunstancias y ya no era la misma.Etiquetas: conmovedor, narraciones, sueños, tristeza, Yo
Hablando de Episodios Nacionales... pero no en salsa verde
Hace poco encontré estos pequeños cuentos que presento a continuación. Aunque fueron escritos con un año de diferencia, tienen en común que ambos tratan de Episodios Nacionales... aunque no en salsa verde.
No he querido alterar ni el sentido ni los errores de los escritos, por eso los presento tal cual, porque reflejan parte de mi hace 4 ó 5 años.
**********************************************************************************
El Reloj de Maximiliano
Estaba Maximiliano en su estudio del Castillo de Chapultepec apreciando la vista de la ciudad de México, y jugando cartas con su esposa Carlota. Era una vista impresionante y Maximiliano no lograba concentrarse en el juego. Quería encontrar a lo lejos el carruaje de un viejo amigo que lo visitaría. Por eso miraba constantemente su reloj, que ya llevaba varias generaciones en la familia y al cual el propio Maximiliano había mandado grabar sus iniciales. Efectivamente, era un reloj muy antiguo y Maximiliano le tenía un gran aprecio. Constantemente recordaba el momento en que por fin había logrado poseerlo: El reloj había sido ocultado por su padre en un lugar del castillo en que Maximiliano vivía.
Maximiliano le había tomado mucha importancia al asunto, pues desde niño había deseado ese reloj que el recordaba a su abuelo. Había invertido días enteros buscándolo. Una noche antes de partir a México invitado por los conservadores, Maximiliano descubrió detrás del retrato de su abuelo una cadena colgando, se acercó y ahí estaba, ¡El reloj que tanto había buscado durante años! Al día siguiente Maximiliano partió hacia México con temor, pero se sentía feliz de llevar algo tan valioso, que estaba seguro que lo protegería, como protegió a su abuelo en tiempos pasados.
Se escuchó un grito, y Maximiliano regresó a la escena del juego de cartas. Era la cocinera, que llegaba asustada y hablaba tan rápido que nadie podía entender lo que decía. Había llegado un mensajero. ¡Los liberales venían! De pronto, en el castillo había un caos indescriptible, los sirvientes corrían de un lado a otro, la cocinera y la lavandera gritaban y Carlota empezó a empacar. Todo sucedió tan rápido, que Maximiliano pidió a Carlota que sólo llevara lo necesario, claro que Carlota empacó hasta la vajilla que le había heredado su bisabuela y que rara vez habían utilizado. NO había tiempo, ya venían. Maximiliano observó por última vez la ciudad de México desde el balcón y huyó. Subió al carruaje con su esposa y temeroso no pensaba en otra cosa mas que huir. Se sentía triste y trataba de distraerse viendo el paisaje. El carruaje avanzaba y carlota preocupada, rezaba. Al observar a su esposa, Maximiliano recordó el reloj. Lo buscó en sus bolsas y no estaba, lo siguió buscando en el equipaje y en el piso, pero no estaba. Lo había olvidado en la mesa sobre las cartas. Ya no lo protegería más.
12 Sept 2000
************************************************************************************
El Libro de Poemas de Sor Juana
Estaba Juana de Asbaje y Ramírez de Castellana en su estudio en el Claustro, aquel convento en la Ciudad de México en donde había encontrado la paz espiritual para realizar lo que más disfrutaba. El estudio estaba ubicado a una altura considerable y en un lugar estratégico para poder apreciar la hermosa ciudad. Ahí estaba Sor Juana Inés de la Cruz, como pasó a la historia, tratando de concentrarse en lo que escribía en ese momento. Esa era su gran pasión: escribir, de lo que fuera, aunque generalmente eran temas no permitidos guiados por el sentimentalismo de una mujer. En fin, en ese momento trataba de escribir un poema acerca de las bellezas de la naturaleza. Pero algo pasaba. ¡La vista de aquélla ciudad era tan impresionante! Podría escribir por horas acerca de tan bella ciudad a la que llegó cuando tenía ocho años, pero no lograba concentrarse. En realidad trataba de encontrar a lo lejos el carruaje de una vieja amiga de juegos que hacía quince años que no veía, y empezó a recordar su infancia
Juana conocía a aquélla niña prácticamente desde recién nacidas, habían crecido juntas en aquélla aldea de San Miguel Nepantla y nunca se separaban. Las niñas fueron educadas a la manera tradicional, sin embargo Juana empezó a interesarse en otro tipo de cosas al grado de engañar a la maestra de su escuela diciéndole que su madre ordenaba le enseñaran a leer y escribir. Las inseparables amigas empezaron a distanciarse poco a poco, ¡Juana tenía ya otros intereses que no eran lo de una niña de su edad y su época! Trató en varias ocasiones de enseñar a su querida a miga a leer, pero ella no lo lograba, más bien no estaba interesada. Llegó el día en que Juana y su familia se fueron a la Ciudad de México, fue un día muy triste para las amigas, se habían vuelto muy distintas y distantes pero el cariño y los recuerdos seguían... Juana siguió creciendo y visitó durante siente años su aldea y a su amiga. Cada vez se daba cuenta que sus vidas se distanciaban, su amiga fue educada para seguir el destino de cualquier mujer de la época y la última vez que la visitó fue para asistir a su boda. Sin embargo Juana podía estar interesada en todo menos en el matrimonio y la presión social empezó. ¡Vestiría santos! Después de analizar detenidamente su situación, Juana decidió que lo mejor sería entrar al convento. En realidad esta idea no era de su total agrado, no estaba a favor de muchas cosas de la Iglesia y las monjas le caían mal, peor era la mejor opción en vez de casarse. ¡Además tendría acceso al conocimiento! Entró al convento y así pasó el tiempo y cada vez la pasión de Juana por los libros fue creciendo, además empezó a escribir un libro de memorias y otro de pensamientos y poemas que cada vez que compartía con alguien terminaba metida en algún problema pues los temas de los que hablaba eran polémicos. Éste era el tesoro más valioso de Sor Juana, contenía años de dedicación y además su forma de ver el mundo.
Alguien anuncia la llegada de una visita, es la tan esperada amiga y Sor Juana regresa a la escena del estudio con la vista a la ciudad. Se saludan como se saludan dos amigas que no se han visto en quince años y de ese momento al término de las dos siguientes semanas no se separan. Platicaron de todos los temas habidos excepto de uno en especial que parecía inquietar a la amiga peor no se atrevía a decirlo. Sor Juana no la cuestionó, más bien le leyó su libro de poemas y le habló de las maravillas que conocía y que para la mayor parte de la población eran desconocidas. La amiga de la infancia quedó sorprendida y parecía no querer regresar a San Miguel.
Hasta que llegó el día en que una de las monjas estando en la cocina en la noche tiró sin querer un quinqué y empezó el fuego. Para cuando la congregación se dio cuenta, el convento estaba en llamas y no les quedó otro remedio que salir corriendo. Sor Juana salvó a su amiga y a su querido libro de memorias, sin embargo el libro de poemas se había perdido en el fuego. Todo sucedió muy rápido y a la amiga no le quedó otro remedio mas que regresar a su aldea, pero antes viendo a Sor Juana sumida en tal depresión por todo lo sucedido y agradecida le contó su gran secreto: En realidad había salido huyendo de su casa donde estaban su esposo y sus cinco hijos pues no pudo resistir más después de diez años de constantes maltratos y humillaciones por parte de su esposo. Los cinco primeros años habían sido felices pero después las cosas cambiaron y afirmó que en general todas las mujeres estaban en la misma situación, pero eran presionadas por la cultura de una sociedad. Le dijo que en realidad la admiraba por lo que significaba su valor para imponerse a una sociedad para seguir sus sueños y que no había querido contarle esto por verla tan feliz y realizada y ella tan desdichada y humillada. Al estar en esta situación no había encontrado otro lugar donde refugiarse mas que con su querida amiga y le agradeció por esas dos semanas en las que le había abierto los ojos para darse cuenta que el mundo no es un cuarto cerrado.
Al saber Sor Juana tan triste historia decidió que no quedaría sin conocerse. So Juana y la congregación fueron a vivir temporalmente a otro convento cercano hasta que se reconstruyó el anterior. Pero durante ese tiempo Sor Juana cumplió una promesa que fortaleció una amistad y no dejaría que el mundo dejara de conocer. Así que tal vez perdió un libro de años llenos de poemas pero una nueva inspiración y lucha había llegado, así que empezó a escribir: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón,...”
2001
Etiquetas: México, narraciones
Lucrativeland o la isla de la convivencia pacífica
- Tenemos que correr antes de que llegue la siguiente.
- Yo no entiendo por qué tenemos que ir.
- Pues porque tenemos que verlos. Ya estamos aquí.
- Pero no estoy segura de querer.
- ¡Ahora, ven! Lo hablamos antes de venir.
- ¿Dónde se quedó Alejandra?
- No sé
- ¡Ale, cruza ya!
Alejandra cruzó el puente automovilístico que no contaba con un paso peatonal y al que azotaban las olas al querer llegar a la pequeña isla situada al otro lado del fin de la masa continental.
Tuvimos que cruzar un enorme estacionamiento que me trajo recuerdas de mi infancia cuando visitaba los castillos de princesas, los pequeños mundos, las profundidades a 20,000 leguas y los piratas del Caribe, y mi ilusión era el móvil de mis acciones. Ahora no. En esta ocasión estaba en una búsqueda y necesitaba compañía.
La taquilla estaba llena y después de una larga fila y de analizar las promociones y paquetes pudimos entrar a través de un trencito que te internaba en la isla y en las atracciones.
***
Algunos años antes al final de uno de los interminables y sufridos primeros semestres de mi carrera en el ITAM, mis amigos y yo decidimos ir a comer a un mercadillo de antojitos cercano para liberar el estrés del último examen que había resultado ser de Matemáticas para Ingeniería I y el sábado de la segunda semana de exámenes. Estábamos comiendo, platicando y riendo cuando me fijé en un muchacho de perfil que pasaba: Tenía rastas o algo similar y perforaciones en nariz, orejas y labios. Al menos eso parecía de lo que alcancé a ver. La imagen pasó y yo seguí platicando. Nadie lo había notado y yo no le di mayor importancia. Que si el club de fans de Colavita o que si Rob le había dado la vuelta al curso en dos semanas y esperaba saltar de un seis a un nueve. Unas semanas después sabríamos que el salto sería de cuatro puntos por una equivocación del profesor. En torno a esto giraba la conversación cuando de pronto vi al mismo muchacho pasar en sentido contrario. No, no era el mismo, este tenía un perfil como de avestruz, pero podía ver que también tenía unas especie de rastas. Estaba muy lejos y yo no podía distinguir bien. Casi cuando ya terminábamos de comer llegó un muchacho que había entrado al Taller de Teatro a mediados de semestre y no era muy del agrado de algunos integrantes del Taller en la mesa. Lo invité a sentarse pero me contestó que sólo quería una foto con nosotros.
- ¡Ey, pónganse para una foto!
Todos seguían platicando sin hacerle el menos caso
- ¡Yuhuuuuu! ¡Una foto! ¡Nos están hablando!
Mis amigos voltearon de mala gana y sonrieron para la foto para inmediatamente seguir con la plática.
- ¿Quieres que ahora tome una yo para que salgas?
Observó a mis amigos inmersos en la plática ignorándolo completamente y dijo que no, que solo quería una de nosotros y se fue sin que los demás siquiera lo notaran.
Debo confesar que el nuevo integrante del Taller, estudiante de economía, era algo pesado y superficial, pero era comprometido con el Teatro y eso me agradaba y en alguna ocasión me había tomado el tiempo de platicar con él, cosa que nadie había hecho, y había sido agradable aunque me reservo una que otra opinión al respecto.
Un año después otro semestre llegó a su fin con sus correspondientes consecuencias como un ojo brincolín, uñas que se caen en capas, un promedio salvado de panzazo para conservar una beca y también con un musical que finalmente había podido ser presentado: El Hombre de la Mancha había resultado más compleja de lo esperado y varios miembros del Taller habían desertado incluyendo al economista indeseado por muchos. Aún así había llegado a su fin y Diseño de Procesadores había concluido con un examen final que cayó el último jueves. Como se había hecho costumbre, fuimos a Tizapán.
Paco me abrazaba mientras todos platicábamos acerca del semestre y de cómo la copiadora había estado a la orden del día y de la manera más cínica en el examen final. Cuando ya nos íbamos y nos habíamos levantado, Paco me daba un beso después del cual abrí los ojos y volví a ver a aquél muchacho. El también me vio y se apresuró en su caminar, pero en ésta ocasión iba acompañado de varios que tenían una apariencia similar. Paco me jaló para irnos con los demás pero yo dije que el y yo nos quedábamos porque íbamos a caminar. Les pareció bien y se fueron.
Había perdido de vista al muchacho y pregunté a las personas de los puestos qué sabían acerca de unos muchachos con las características antes mencionadas. Nadie sabía nada, al parecer ni siquiera los habían visto... ¡Si habían pasado enfrente! Seguimos caminando tomados de la mano y Paco preguntaba qué era lo que estaba pasando, pero yo no sabía explicarlo.
De pronto, al dar la vuelta en una esquina nos topamos de frente con el muchacho. No lo reconocí hasta que me habló:
- Hola, ¿Cómo estás?
- ¿Me hablas a mí?
- Sí. ¿No me reconoces?
- No. ¿Quién eres?
- ¡Qué mala memoria! ¿Cómo salió el Hombre de la Mancha?
De pronto lo reconocí y estaba impactada.
- Bien. Tuvimos muchas críticas, pero a nosotros nos gustó mucho. ¿No leíste el Supuesto? ¡Oye! ¿Y ese nuevo look?
- Ya ves, las personas cambian. No, no vi la obra, y tampoco leí el Supuesto, pero seguramente quedó bien. ¿No?
- No te preocupes no fue mucha gente... Y pues si, tuvimos complicaciones: No había música para el musical dos días antes del estreno. ¡Imagínate, un musical sin música! Pero las clases de canto estuvieron buenas y lo disfrutamos mucho... Pero ¡Oye, cuéntame del nuevo look!
- ¡Qué bueno! Me da gusto... Oye, ya me tengo que ir. A ver si nos vemos otro día.
Y se fue.
- ¿Quién era ese?
- Iba en Teatro. Estuvo medio semestre y un cachito del otro. Estudia economía y se llama...
- ¿Estudia economía?
- Si, bueno, al menos eso creo. A menos que se haya salido del ITAM porque no sé qué se hizo. Creí que era un muchacho que vi hace un año.
- ¿Qué muchacho?
- Uno que vi hace rato... y hace tiempo. Se parecen... Vente.
- ¿Qué pasa? ¿ A dónde vamos?
- No sé. ¿Por dónde se fue?
- Por allá creo.
- Se me hace que se metió en una banda o algo así, porque ya he visto a varios así por aquí. ¿Y sabes qué? No lo he visto en la escuela últimamente, aunque eso no sería nada raro porque mugre escuela...
Seguimos caminando toda la tarde por calles de Tizapán que nunca me habría imaginado que existían. Cosa extraña: subidas, bajadas, empedradas, zonas abandonadas y cada vez iba oscureciendo más y más. Siempre he sido miedosa, así que sugerí que regresáramos aunque no tenía idea de por dónde, pero Paco insistió en que siguiéramos un rato más después de que terminé de contarle lo que había visto aunque nada tenía el más mínimo sentido. Accedí porque estaba con él, porque sola ni loca.
Llegamos a un callejón pero no era una pared lo que lo cerraba: Al final había unas escaleras que bajamos y de pronto estábamos en un lugar totalmente oscuro. Parecían unas minas totalmente abandonadas. Pensándolo bien todo Álvaro Obregón estaba llena de barrancas, minas y zonas de paracaidistas. Pero no, esto era diferente, como si no fuera un accidente de la naturaleza. La curiosidad era grande y muy, muy al fondo se veía una luz anaranjada.
- ¿Dónde diablos estamos?
- No tengo la menor idea. Vámonos.
- No, espérate.
- ¡Vámonos, carajo!
- No, nada más vemos qué hay allá.
- No, es en serio Francisco, ya vámonos.
- No, ven dame la mano.
Podía sentir cómo la sangre era bombeada por mi corazón y llegaba a las extremidades más rápido de lo normal. Al fondo de mina se oían voces lejanas y nosotros seguíamos avanzando. Las lágrimas no paraban de salir y temblaba. ¿No que muy aventurera? No, soy una cobarde. Al llegar a la luz anaranjada vimos sombras que pasaban y nos escondimos en una pequeñas concavidad de la piedra de un lado de la pared. Había muchos y hablaban entre sí. Las sombras apenas me dejaban ver que eran como los muchachos que había visto: Cabello alborotado o con rastas y perforaciones, pero también algunos tenían plumas en el cabello, pieles de animales cubriéndolos y actuaban de forma extraña. Ni Paco ni yo hablábamos. Esto era como una sociedad secreta. ¿Cómo carajos íbamos a salir de ahí sin ser vistos? Pensaba en ello cuando noté que la iluminación provenía de focos instalados en medio de la mina. Supuse que se colgaban de la luz de la colonia de arriba y de pronto volteó uno de ellos justo debajo de una de las luces: Tenía apariencia de cerdo.
- Dios. ¿Qué es eso?
- No es una persona.
- Pero tiene cuerpo de persona.
La figuro giró y no pude verlo más pero ahora me empecé a fijar en los detalles de los otros: ¡Ahí estaba el que parecía avestruz! Y también otros que tenían aspecto de perros y bueyes, pero había algunos que sólo tenían el cabello extraño y apariencia humana.
- ¡Madres! ¡Ahí está!
- ¿Qué? ¿Quién?
- El de Teatro, el economista.
- ¿Dónde?
- Ahí, ahí. No lo puedo creer. No entiendo, algunos tienen apariencia animal, pero el... Lo vimos hace rato. No es cierto. ¿Dónde chingados estamos? ¡Vámonos por favor!
Comenzaron a reunirse en torno a una mesa muy grande como de quirófano y de pronto apareció uno que traía consigo un cerdo. Había una música extraña y el cerdo fue sacrificado. Separaron su cuerpo y dejaron la cabeza junto al muchacho que se encontraba acostado y posiblemente drogado y sedado en al mesa. No logré ver cómo fue el procedimiento pero cortaron verticalmente la cabeza del cerdo por la mitad y el cerebro lo introdujeron en el cráneo del muchacho. El procedimiento no parecía empírico. Al parecer era un profesional el que llevaba a cabo la cirugía y posteriormente hacía injertos de piel de cerdo en el rostro del muchacho. Pude observar que esto sólo se hacía del lado derecho de la cabeza-cara. De pronto el hombre-avestruz puso lo que supuse que era parafina en sus escasos cabellos en la parte superior de la cabeza que al girar pude observar que la mitad era esas como rastas y les prendió fuego. No quise ver más. Tenía mucho miedo y estaba muy impactada. Salí de la concavidad y a pesar de que sólo quería huir lo más rápido posible, traté de no hacer ruido. Paco intentó detenerme pero al final me siguió aunque estoy segura que él podría haber presenciado mucho más del espectáculo.
Estuvimos vagando por las calles de Tizapán muchas horas. Yo estaba muy cansada pero no quería detenerme. Hasta que por fin salimos a una calle conocida y regresamos a casa. Dormimos hasta tarde, yo ya no tenía más exámenes y hablamos de ello hasta tiempo después. A los dos nos había parecido un sueño y sin decirlo llegamos al mutuo acuerdo de que así había sido. Pues, además de todo nunca más volvimos a ver a ningún muchacho de aquél aspecto e investigué y el economista se había dado de baja del ITAM. Nunca lo volví a ver...
***
...Hasta ahora.
Diez años después descendía del trencito en aquélla isla. Era de conocimiento público que la comunidad había sido encontrada hacía cinco años y al no saber qué hacer con sus miembros, pues era imposible reincorporarlos a la sociedad, el gobierno mexicano los había concesionado en una publicitada licitación al mejor postor. Ahora hay un parque de diversiones cuyo nombre no pienso revelar, que ha sido ambientado exóticamente en torno a las islas Polinesias.
Al parecer sus miembros habían sido personas que al decepcionarse de la sistematización de la sociedad, su hostilidad y rudeza, de su falta de valores y honestidad, se habían resguardado en las profundidades y “regresado a sus orígenes” donde pretendían experimentar si aquél comportamiento era únicamente humano. Se sabía que sus miembros eran leales entre ellos, que tenían una especie de ciudad en la mina aquélla y que sólo salían a la superficie para proveerse de lo necesario. Se habían encontrado alrededor de sesenta personas que no dieron mayor información y que al ver destrozada su forma de vida, sumisamente habían acatado su destino.
Me pregunto qué pasará con el parque cuando los miembros se extingan: Probablemente caracterizarán a personas y les pagarán un salario para que se dejen ver con ese aspecto. Pero por supuesto que los dueños se habían encargado de ampliar el giro de su negocio y ya se habían incorporado juegos mecánicos y otras atracciones, incluyendo los recuerditos que no pueden faltar.
Después de la apertura del parque me tomó mucho tiempo decidirme a visitarlo. Cuando lo hablé con Paco se negó a acompañarme argumentando que estaba propiciando el lucro con aquéllas personas y que alguien tenía que hacerse cargo de la librería. Tenía razón pero yo quería saber el destino de mi antiguo compañero de artes. Cuando al final me decidí, organicé una expedición con mis amigas de la preparatoria después de revelarles la historia que hasta entonces sólo Paco y yo conocíamos. Y aquí estábamos ahora.
Tuvimos que hacer una hora y media de fila para entrar a la atracción principal y al estar ahí en la lanchita mecanizada del recorrido lo vi: El ex-economista del ITAM, ahora mitad chivo, con la mirada más triste que he visto. Sentí una gran tristeza.
Etiquetas: ITAM, levantar la voz, narraciones, sueños
Samas Juárez
"El fin final es la felicidad, lo intermedio es lo que ayuda a llegar al fin final"
Aristóteles
"Vuestra felicidad es no necesitar felicidad"
Séneca, De la Providencia
Cuando nació, Samas Juárez tenía otro nombre que ya no recuerda. En algún momento lo cambió por el de Samas, y es que lo reflejaba perfectamente... Pero conservó su apellido.Samas Juárez e Istar Rodríguez eran muy amigos. De niños jugaban juntos, pero con el tiempo sus caminos se separaron pues Samas Juárez se sentía ajeno a la visión de Istar Rodríguez... hasta sentía cierta reprobación a sus acciones y pensares. Istar Rodríguez gustaba de satisfacerse sin reflexionar mucho y Samas Juárez, por el contrario, era reflexico, gustaba de las artes y además estudiaba leyes. Con el tiempo se volvió cada vez más inflexible a ideas ajenas a las suyas y se fue alejando de todo aquel que no convidara su visión. Se fue quedando solo...Samas Juárez se pasaba horas enteras encerrado en sus habitaciones absorto en sus lecturas y en sus estudios, pensando la forma de cambiar el mundo y hacer que el sol iluminara a todos por igual al amanecer... porque eso era lo justo.Samas Juárez empezó a notar en sus ratos de soledad reflexiva la contradicción de su ser: ¿De qué forma quería hacer que el sol iluminara a todos si el sol no iluminaba su interior? ¿Cómo quería hermanar a todos los hombres si no podía hacerlos sus propios hermanos? ¿Cómo lograría justicia si no lograba tolerar las diferencias? ¿Cómo lograría esa igualdad en la diversidad? ¿Cómo haría para balancear la justicia ajena si no lograba un balance propio? ¿Cómo confortaría a su corazón solitario? Samas Juárez tendría que encontrar su luz interior, brillar y además iluminar a sus hermanos...Fue un largo proceso: Samas Juárez comenzó por buscar a Isrtar Juárez, quien olvidando viejos desplantes lo invitó a unirse a sus celebraciones y entre charla y risas el corazón de Samas empezó a calentarse. Estaba logrando un equilibrio, pero le hacía falta algo... Empezó a ejercer su profesión y con ello a iluminar el corazón de sus ahora nuevos hermanos. Su propio corazón se iba hinchando y brillando cada vez con mayor intensidad.Y un día la conoció: Sin Márquez lo miró una noche de luna llena en una de las reuniones de Istar Rodríguez. Y desde entonces sus días estuvieron completos, porque tenía todo lo que necesitaba, se había completado el círculo."Puede llamarse feliz el que ni desea ni teme, gracias a la razón"
Séneca, De la Vida Bienaventurada
Etiquetas: felicidad, narraciones, trascendencia
Ojo de Venado
Gracias por estar ahí conmigo. Esto también es tuyo.
Techalotl, preciosa princesa azteca, sostenía un compromiso con Painal, distinguido guerrero tlaxcalteca. Ella se encontraba de pie, completamente vestida con el ajuar de novia que utilizaría para la próxima ceremonia. Hermosa, hermoso ajuar. En especial aquéllas pequeñas flores secas, aquéllos "ojos de venado".
Hermoso ajuar, triste novia. Su corazón no estaba con el de Painal. Ella no deseaba dar aquéllos pasos y su mente giraba y giraba para hallar la manera de evadirlos.
Painal había escuchado acerca de la belleza de Techalotl y deseaba que fuera suya, aún cuando nunca había conocido sus sublimes y más profundos pensamientos ni sentimientos. Incluso sin conocer su fisonomía. Debía ser suya y pronto lo conseguiría.
Techalotl miraba el valle a través de la ventana de adobe en su habitación cuando una aparición la sobresaltó: Un brazo rojo y fuerte con tatuajes negros se asomaba. Era Painal que en un instante ya había bloquedo toda posibilidad de escape, pues poco a poco su cabeza se iba asomando. Painal fijó su mirada en la de Techalotl e inmediatamente en los "ojos de venado". Techalotl dió media vuelta y corrió en dirección opuesta hacia la habitación continua donde se encontró con su dama... necesitaba hacer algo pronto.
Juntas idearon un plan y de un momento a otro ya había dos hermosas y asustadas novias. Existía un problema: Los "ojos de venado" debían estar secos, y los de Techalotl habían sido preparados con meses de anticipación. No existía posibilidad de conseguir otros: Estarían vivos, frescos... Sería la única diferencia.
Painal entró estrepitosamente en la habitación donde se encontraban ambas novias en compañía de un gran séquito. Las respiraciones se contuvieron por unos instantes y las miradas fueron desviadas para no hacer notar la Vida en aquélla habitación. Era necesario que los "ojos de venado" estuvieran secos...
2 Julio 2005
Etiquetas: náhuatl, narraciones, sueños
Chalchivitl
La primera vez que me enteré lo que era un chalchivitl pensé que quería ver uno. Pensaba en cómo se vería su brillo, su hermoso color verde transparente. Y me decía a mí misma: “Cuiacatlmolotl, algún día lo verás”. Pero Chalchiunenetl me decía que sería mejor nunca verlo, porque si así fuera querría tocarlo.
Yo seguía imaginando la belleza del chalchivitl y pensaba en sus características. Se convirtió en una necesidad el que mis ojos se posaran en él, así que mis acciones se enfocaron en ello. ¡Lo logré! Logré ver un chalchivitl. En ese momento, que me pareció todo un siglo ensimismada, pensaba que ahora no podía conformarme: Debía tocarlo.
Chalchiunenetl había tenido razón: Ya no era suficiente sólo admirarlo, debía sentir si era tan liso como parecía, sus bordes, sus facetas... debía tocar la belleza que observaba. No fue fácil, tuve que valerme de una serie de artimañas y trucos, pero al final lo toqué. ¡Era magnífica la sensación! De repente estaba en un mundo verde, con olor “verde” y textura “verde”. ¡Me encantaba! Pero mi mente insistía en que no podía haber sido la única vez que experimentara la maravillosa sensación de hacía sólo unos momentos. No, ahora era una necesidad poseer el chalchivitl. Fue imposible, no pude obtenerlo en ese momento y en esas circunstancias.
Regresé a mi chantli y no dejaba de pensar en la forma de hacerme de ESE chalchivitl, el que había imaginado y luego visto, sentido y olido. ¿Por qué su sabor no era “verde”? ¿Por qué su sonido no era “verde”? Esas ideas me atormentaban. Pensé: “Cuiacatlmolotl, debes ser razonable, tranquilízate, piensa y analiza la situación con calma”. Eso fue después de escuchar las palabras de Chalchiunenetl: “Cuiacatlmolotl: Al final, no es el único chalchivitl, piensa en lo que quieres en TU chalchivitl”.
Entonces comencé a pensar cómo quería y cómo sería Mi chalchivitl, el que fuera para mí, con lo que yo necesitaba, lo que me haría feliz. No me conformaría.
Mi mente empezó a darle forma a Mi chalchivitl, al que yo merecía. Si, ese chalchivitl, el que estaba hecho para mí, no debería ser verde, debería tener una gama de tonalidades verdes, desde el verde esmeralda hasta un verde-sepia, con destellos de un verde brillante, que me iluminaran. Además, yo quería que no sólo oliera “verde”, quería que tuviera también un aroma floral, ¡me encantan las flores! Con una nota cítrica. Quería un aroma fresco que me revitalizara y me hiciera soñar, pero a la vez me hiciera darme cuenta que el mundo no se acababa ahí, si no que es vasto, amplio y grande. ¡La textura! Mi textura sería suave pero firme, segura, también “verde”, pero no sólo “verde”. Verde, verde, sabor y sonido “verde”. Si, pero el sabor también sería dulce, salado, agrio y hasta amargo. La idea de sonido “verde” me encantaba, quería que fuera armonioso, verdadero, honesto, amoroso, quería un sonido inteligente, grandioso... Así sería MI chalchivitl.
Ya no era una necesidad encontrarlo. Pero un día lo vi. Era perfecto, tal y como yo lo deseaba. Y me dije: “Cuiacatlmolotl, éste es TU chalchivitl, el Chalchivitl”.
12:25 amchalchivitl –chalchiuitl
http://ohui.net/mexica/index.phpEtiquetas: felicidad, náhuatl, narraciones, pareja
Alfa Capricornus
Algedi se decía a sí misma que no le gustaba que la opacaran las luces de la ciudad y las personas no pudieran sonreír con ella. Ella es un individuo, individuo entendido como un solo cuerpo. Sin embargo, por sí misma constituye un Universo. Posee luz propia, y esto se debe a que está hecha de moléculas de hidrógeno y helio que producen reacciones termonucleares en su interior. ¡Luz Propia! Suya y de nadie más. Un hermoso resplandor que puede ser admirado por algún soñador tirado en la playa de algún remoto lugar, o incluso por algunos citadinos, que en su ajetreo y prisa se toman la molestia de elevar por unos segundos la cabeza y ver si de casualidad les llega algún resplandor… distinto al de las miles de luces que los rodean.
Algedi se tomaba muy en serio su trabajo: ¡Lo de la luz propia era maravilloso! Su recompensa era la sonrisa de todo aquel que la veía y admiraba su belleza y su grandeza.
Una noche mientras hacía brillar la mirada de un joven, éste fue atracado. Algedi se asustó, giró un poco la vista y sólo encontró indiferencia. Los testigos se limitaron a seguir con la mirada al agresor. Alguien más hacia el Oriente tal vez jamás la había mirado, pues no tenía tiempo que perder. Algedi se dijo a sí misma que era inútil su presencia en éste Universo si nada podía hacer por nadie, y poco a poco su Universo de moléculas de hidrógeno y helio dejaron de hacer reacciones... y su brillo se fue extinguiendo... hasta que se apagó en su totalidad.
El Universo de Astros se encontraba muy preocupado, en especial "La Cabra-Pan", como se llamaban a sí mismas el grupo de amigas que incluían a Algedi y su gemela, Dabih y su gemela, Nashira Y Scheddi. También intentaban animarla Vega y Altair, pero su esfuerzo era inútil. Algedi se dedicaba a caminar junto a sus compañeras en su habitual viaje... pero triste y opaca. Se repetía a sí misma que su presencia era inútil.
El Universo de moléculas de hidrógeno y helio formadas por el Universo de átomos, se dispusieron a suplicarle que se reanimara, pues si no era así, su existencia tampoco tendría algún sentido, a lo que Algedi respondió que si ella no tenía importancia en éste Universo, menos la tendrían unas insignificantes moléculas conformadas por insignificantes átomos.
"La Cabra-Pan", ahora desintegrada, tampoco encontraba solución y conspiraban junto con el Universo de Astros para encontrar alguna solución, y a su vez éstos pedían consejo al Universo Superior. Sin embargo, la respuesta de Algedi a todo estímulo era nula.
El momento decisivo llegó con el arribo del gigante Tifón. Era necesario que la desintegrada "La Cabra-Pan" se sumergiera en las aguas del río Nilo para salvarse de la temible cólera del gigante. Pero esto no sería nunca posible sin Algedi, o morirían todas juntas o se salvarían juntas, como decía su código de honor. Algedi notó el peligro y su apatía y tristeza se transformaron en bravura, coraje y pasión, al recordar el código con la posibilidad de salvar a "La Cabra-Pan". De alguna forma obtuvo fuerzas, hizo trabajar al Universo de moléculas, que a su vez hizo trabajar al de átomos, y produjeron una gran reacción cuando el grupo de amigas se zambulló en el Nilo. Así permanecieron hasta que Tifón se fue y cuando éste lo hizo, la restituida sociedad de "La Cabra-Pan" regresó a su habitual posición y a su constante caminar... y brillar.
El Universo Superior se encontraba muy feliz y la organización del Universo de Astros había dado por concluido el caso de Algedi, por lo que el Cosmos volvía a su habitual estabilidad y curso, y el firmamento brillaba en su totalidad.
Una noche de Diciembre, cuando casi era turno de desaparecer de la bóveda, Algedi observó cómo una pareja de enamorados entrelazaban las manos y sintió cómo se hinchaba su corazón al admirar su belleza. Algedi les respondió con una gran sonrisa que se tradujo en un especialmente hermoso tintineo aquella noche.
1 Mayo 2005
"Cada ser humano es un Cosmos de sueños, de aspiraciones, de deseos"
Edgar Morin
Etiquetas: admiración, conmovedor, estrellas, felicidad, individuo, Mano Superior, narraciones, trascendencia, Universo, Yo
Sueños
Cuando el sol sale por la mañana, Jacinto no tiene ganas de abrir los ojos. El quisiera seguir en aquel mundo creado en sus Sueños. Ahí se siente seguro, conforme y feliz. Puesto que él lo ha creado, no tiene riesgos. Es más, puede saberse dormido y consciente de que lo que está viviendo y sintiendo es parte de su creación. Si, qué agradable es unir elementos impensables de mundos distintos, viajar, estar con la persona con la que quiere estar, volar, sentir, oler, tocar, detener el tiempo, llegar a épocas pasadas y crear las futuras, hacer magia y estar envuelto en aventuras y misterios. Lo mejor es cuando Jacinto se propone soñar con tal o cual cosa... ¡Y lo logra! Lo logra y lo goza... Campo de Sueños.
Pero Jacinto abre los ojos. A veces ya hay sol y escucha cantar a los pájaros. ¡Qué gran sensación saberse vivo un nuevo día y poder escuchar aquel canto!... Además de la sensación de las sábanas frescas que tocan su cuerpo. Tal vez amanezca con la nariz tapada o con ojos chinguiñosos e hinchados de tanto dormir. Pero ¡Qué importa! Un buen baño lo soluciona. Levantarse de la cama es lo más difícil que puede existir, pero cuando siente el agua corriendo por su cuerpo, puede quedarse bajo el chorro un buen rato... sin que sepa cuánto tiempo ha pasado o qué fué lo que pensó en ese período.
Al salir del baño, Jacinto sigue su ritual: desodorante, crema, orejas limpias... Ahora sí está listo para pensar qué es lo que hará éste día. Por supuesto será un gran día. Será necesario vivirlo, disfrutarlo y correr el riesgo, para así acumular en su mente los elementos de cada una de las actividades de su vida, los lugares por los que pasa cada vez y a los que desea ir. Tocará, sentirá y olerá a aquella persona; se verá envuelto en sus propias aventuras y misterios... Para que al final del día y al comienzo del siguiente, todos esos elementos se conjuguen en su mente para lograr aquellos grandes Sueños.
Etiquetas: narraciones, sueños, vida