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domingo, mayo 17, 2009

El pueblo sin nombres y Twain

Había un pueblo que estaba en disputa continua; sus habitantes habían sido colocados en aquel lugar y no se les había indicado nada más: no sabían quiénes eran, ni qué hacían ahí.

Un día, Mark Twain pasaba por ahí, y se le acercó un hombre del pueblo, era un hombre bajito.

“Señor Twain, necesitamos su ayuda. Este pueblo terminará en un desastre si seguimos así, nadie sabe quién es, ni tiene misión, no hay orden….”

A lo que Twain respondió. “Hombre, haz llamar a todo el pueblo a la plaza principal”.

Unas horas después, todo el pueblo estaba reunido en la plaza. Mark hizo pasar uno a uno frente a él, y les asignó un nombre.

Después de unas horas, todos en el pueblo tenían un nombre, y Mark, satisfecho, se disponía a seguir su camino, pero el hombre bajito lo detuvo.

“Señor Twain, ahora tenemos nombre, pero no tenemos oficio, no sabemos qué hacer”.

A lo que Mark respondió. “Ya he asignado el oficio de cada quien conforme a su nombre. Un nombre contiene todo lo que un individuo necesita para ser individuo”.

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sábado, mayo 16, 2009

El Tabaquillo de Humboldt

Alexander von Humboldt se encontraba postrado en su tienda después de su habitual exploración del día. Era 1804, y estaba a punto de terminar su campaña de exploración por México que, un poco después, daría origen a una serie de publicaciones, que a su vez, darían origen a la Geografía moderna.

Humboldt tenía un fuerte malestar estomacal, al parecer, a pesar de que ya llevaba largo tiempo en aquellas tierras, la comida local le había hecho daño.

A la mañana siguiente, Humboldt no había mejorado, por lo que llamó a los médicos que viajaban con él, quienes a lo largo de los siguientes tres días intentaron calmar los fuertes dolores que Humboldt presentaba.

Los dolores no cesaban. Al cabo de otro par de días, no sólo los doctores estaban preocupados, también el resto de los exploradores: la expedición estaba en peligro si su cabeza, Humboldt, no se recuperaba.

Después de otro par de días, entre sueños, Humboldt recordó sus registros de botánica: hacía un par de meses una mujer indígena le había regalado un puñado de ramas que ellos llamaban “tabaquillo”, y que, le había asegurado, había curado el malestar estomacal por generaciones. Humboldt sólo la había registrado, pero no se había determinado ni su nombre, ni su uso científico comprobado, que haría unos años después.

Pero tras años de vivir en aquellas tierras, Humboldt había empezado a confiar en la sabiduría indígena local y ancestral, y en la relación de aquellos pueblos con su tierra… a fin de cuentas, esa era la misión de su Geografía Causal. Buscó entre sus registros, y encontró la muestra seca de tabaquillo.

A la mañana siguiente ya había salido una expedición en busca de “tabaquillo”, que regresó con una gran cantidad de la misma. Humboldt se preparó un té, y después de un par de días, ya había reemprendido la expedición. El “tabaquillo” no sólo permitió calmar los malestares de los expedicionarios en los meses siguientes, sino que también se le agradece la existencia de la Geografía moderna.

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